OPINIÓN: La frontera como chantaje: lo que hay detrás de la última crisis en Ceuta (Por Juan León Giujusa *)
Se estima que entre el 30 y 31 de julio pasado, más de 50 mil migrantes cruzaron la frontera que separa Marruecos de Ceuta, la ciudad autónoma española en la costa norteafricana. Si bien ha suscitado considerable atención por parte de los analistas, no se trata de un fenómeno nuevo en las relaciones entre Madrid y Rabat. Baste recordar los sucesos de 2021 y 2022 con avalanchas migratorias hacia Ceuta y Melilla, respectivamente. Al rastrear las causas, es posible concluir que los cruces masivos desde Marruecos suelen ocurrir en momentos de alta tensión diplomática bilateral, bajo la forma de elementos de presión política. Aquella crisis, por ejemplo, solo logró zanjarse cuando España abandonó su histórica postura de neutralidad respecto al conflicto del Sáhara Occidental, alineándose con Rabat al calificar el plan de autonomía marroquí como «la base más seria, realista y creíble» para la resolución de la disputa.
Los cruces recientes tampoco escapan a esta lógica deshumanizante de la instrumentalización de dichos flujos de grupos humanos vulnerables como arma de desestabilización, de ahí que suela referirse a ellos como “bombas humanas” o amenazas híbridas.
Los analistas suelen remarcar que, en un país autocrático como el marroquí, con un férreo control policial en las zonas fronterizas, es inverosímil esgrimir que los cruces pueden no haber sido detectados por las fuerzas. En cambio, sostienen que han contado con la complicidad del régimen de Rabat, sea como generador y catalizador de los flujos, en el peor de los casos, o, al menos, como un actor que ha optado por la pasividad al evitar contener los flujos, en el mejor de los casos.
Pero, ¿qué hay detrás de los recientes cruces? El detonante final parece haber sido una sentencia del Tribunal Supremo de España de finales de junio de 2026 que descarta las devoluciones en caliente para quienes crucen a nado, y solo las mantiene para quienes salten las vallas u otras barreras físicas. Una devolución en caliente se explica como la práctica de expulsar o retornar de forma inmediata a una persona que cruza la frontera, sin tramitar un expediente individualizado ni realizar una identificación formal, impidiendo evaluar si requiere protección internacional o si corre riesgo su vida o integridad (lo cual habilitaría el principio de no devolución por tratarse de un solicitante de asilo y potencial refugiado). Ello parece haber sido rápidamente instrumentalizado y distorsionado por las redes de tráfico de personas.
Sin embargo, existen otros factores que han coadyuvado a generar esta crisis. Entre ellos, con una gravitación esencial, se encuentra el viaje del presidente español Pedro Sánchez a Argelia, histórico rival de Marruecos en el Magreb. Sin embargo, también es un mensaje de chantaje para mantener a España firme en sus compromisos respecto de su postura sobre el Sáhara Occidental, aunque también se inserta en esta lógica la pretensión marroquí sobre Ceuta, Melilla y otros territorios españoles en el norte de África. Además, otra de las razones apunta a la exigencia de más fondos a la Unión Europa en contraprestación por la cooperación y el control fronterizo (es decir, el reforzamiento de las fronteras), por parte de Rabat. Todo ello en el contexto de una tensa relación entre Sánchez y Trump, este último un aliado cercano de la monarquía marroquí, en un tablero más amplio donde Marruecos actúa envalentonado con la confianza que le otorga el respaldo explícito de Estados Unidos (y también de Israel) a sus tesis sobre el Sáhara Occidental (impulsado por la administración Trump a través de los Acuerdos de Abraham).
A ello se sumó un catalizador parlamentario: el aval del Congreso español a la ley que concede la nacionalidad a los saharauis nacidos bajo la etapa colonial, un movimiento interpretado en Rabat como una amenaza directa a sus intereses estratégicos.
Especial atención merece la reciente visita oficial de Sánchez a Argelia —histórico rival geopolítico de Marruecos— para recomponer los lazos energéticos y diplomáticos dañados desde el giro español sobre el Sáhara Occidental. Para Argel, la defensa de la autodeterminación saharaui constituye una de las principales banderas de su política exterior y un pilar fundamental en su disputa por la hegemonía regional. Ante dicha crisis, mientras Marruecos optaba por la instrumentalización geopolítica del flujo migratorio en la frontera, Argelia desplegaba su propia palanca de presión a través de la diplomacia de los recursos energéticos.
Ante el nuevo encuentro bilateral con Argelia, Marruecos ha vuelto a responder a su tradicional instrumentalización de los migrantes. No sorprende, entonces, que Madrid deba emprender un difícil equilibrio entre ambos vecinos. En última instancia, el trasfondo de esta escalada no es únicamente fronterizo ni normativo, sino profundamente humano: el verdadero drama de la crisis es cómo, una vez más, la vulneración de los derechos fundamentales de miles de personas queda supeditada y atrapada en el medio de las disputas de poder y la rivalidad geopolítica.
(*) Licenciado en Relaciones Internacionales. Maestrando en Estudios Internacionales















