COLUMNA DE OPINIÓN: Cuando cumplir la Ley es opcional: Anomia vial y naturalización del riesgo
En Argentina no faltan leyes de tránsito, ni campañas de concientización, ni estadísticas
que año tras año advierten sobre la gravedad del problema. Sin embargo, los siniestros
viales continúan siendo una de las principales causas de muerte evitable, especialmente
entre jóvenes. La cuestión, entonces, no es qué norma falta, sino qué ocurre cuando
como sociedad comenzamos a considerar que cumplirla es opcional. Aquí aparece un
concepto sociológico que ayuda a comprender esta realidad: la anomia. El pensador
francés Émile Durkheim definía la anomia como la pérdida de eficacia de las normas
sociales; no se trata de ausencia de reglas, sino de algo más profundo y preocupante: las
normas existen, pero dejan de ser respetadas. En el tránsito argentino, esta descripción
resulta inquietantemente actual.
La anomia vial se manifiesta en conductas cotidianas que hemos naturalizado: cruzar en
rojo porque “no viene nadie”, exceder la velocidad porque “es una avenida amplia”, usar el
celular mientras se conduce porque “es solo un segundo” o manejar después de haber
consumido alcohol convencidos de que “está todo bajo control”. No es desconocimiento
ni simple error, es negligencia; no es un descuido, es una decisión sostenida por una
cultura que naturaliza el riesgo y minimiza las consecuencias. Desde el análisis técnico
de los siniestros se identifican tres factores intervinientes: humano, vehicular y entorno;
sin embargo, la evidencia muestra que el factor humano es el desencadenante
predominante en la mayoría de los casos, porque el vehículo no toma decisiones y la
infraestructura no acelera ni envía mensajes de texto. Detrás de cada impacto hay una
conducta, una elección, una acción u omisión: exceso de velocidad, distracción,
consumo de alcohol, fatiga, impulsividad o desatención. No son fallas mecánicas, son
decisiones humanas.
Hablar livianamente de “accidentes” muchas veces diluye responsabilidades, ya que la
mayoría de los hechos viales graves no son producto del azar puro, sino situaciones
previsibles y, por lo tanto, prevenibles (“lo previsible es prevenible”, es decir que
afirmamos que, si una situación puede anticiparse racionalmente, entonces también
puede evitarse tomando medidas adecuadas). Sin embargo, en la cultura cotidiana se ha
instalado la idea de que “no pasa nada”, una frase silenciosa pero poderosa que
constituye el núcleo de la anomia vial: la creencia de que el riesgo siempre lo asume otro,
que el desenlace trágico es improbable y que la habilidad personal basta para dominar
cualquier situación. Pero pasa, y cuando ocurre el costo suele ser irreversible. Cada
siniestro grave deja mucho más que daños materiales: deja ausencias, muertes evitables,
discapacidades permanentes, lesiones irreversibles, familias fracturadas y proyectos de
vida truncados. Pueden calcularse costos hospitalarios, indemnizaciones y pérdidas
económicas, pero no puede cuantificarse el vacío que deja una vida interrumpida, porque
ninguna cifra responde con honestidad humana a la pregunta sobre cuánto vale una vida.
La imprudencia no es una falta menor ni una simple infracción administrativa, sino una
conducta que puede tener consecuencias letales y que, aun cuando no mata, muchas
veces deja secuelas físicas y emocionales de por vida. El tránsito no genera solo
estadísticas, genera historias que se interrumpen abruptamente. Conducir, además, no
es un acto meramente individual, sino un acto social: quien se pone al volante asume una
responsabilidad que excede su propio destino, porque comparte el espacio con peatones,
ciclistas, niños, trabajadores y familias que no eligieron quedar expuestos a una conducta
temeraria. El manejo defensivo no es una técnica reservada a expertos, sino una actitud
básica de respeto que implica anticipar el error ajeno, moderar la velocidad, aunque el
camino esté vacío y respetar las normas aun cuando no haya controles visibles.
Argentina cuenta con organismos especializados como la Agencia Nacional de Seguridad
Vial y con un marco normativo claro establecido por la Ley Nacional de Tránsito 24.449,
pero ninguna ley puede reemplazar la conciencia individual ni la responsabilidad
cotidiana. Mientras la norma sea vista como un obstáculo y no como una herramienta de
protección, la anomia seguirá presente. La seguridad vial no es solo una cuestión técnica
o jurídica, sino esencialmente ética: respetar una señal no es obedecer un cartel, sino
reconocer que la vida propia y la ajena valen más que la prisa, el enojo o la comodidad.
El verdadero desafío no parece ser sumar más normas, sino recuperar el sentido de las que
ya existen, porque la anomia vial no se combate únicamente con multas o controles, sino
con una transformación cultural que devuelva a la vida el lugar que nunca debió perder en
la escala de prioridades; cada vez que alguien decide acelerar de más, mirar el celular o
ignorar una señal, no está desafiando a la autoridad, sino poniendo en juego vidas reales,
y en el tránsito, muchas veces, la diferencia entre una historia que continúa y una que se
interrumpe depende de un segundo y de una conducta.
Por Sebastián Horacio Trovato
Productor de Seguros, Analista de Seguros y Siniestros.






















