Columna de opinión: La inserción argentina en el sistema internacional: entre la ideología y la doble dependencia
El pasado 6 de diciembre, el presidente Javier Milei encabezó un acto de presentación de los seis nuevos aviones de combate F-16. La compra de los mismos se había efectuado en 2024 a Dinamarca, una transacción facilitada y aprobada por los Estados Unidos. Se trata de aviones de fabricación estadounidense, cuya adquisición se efectuó en desmedro de los aviones de fabricación chino-pakistaní que se tenía previsto, un verdadero logro de Washington en la disputa por la influencia sobre el país. Esta adquisición (a pesar de ser aeronaves usadas, aunque modernizadas) va más allá de una simple transacción militar. La elección, en detrimento de otras opciones barajadas, tiene un marcado matiz geopolítico que subraya la búsqueda de una profunda sintonía con Washington y la adhesión al bloque occidental: una señal inequívoca de que Argentina prioriza las relaciones estratégicas con Occidente sobre la profundización de lazos militares con potencias no occidentales. Con la compra y operación, la Argentina se compromete a largo plazo con el sistema logístico y tecnológico occidental, en tanto el mantenimiento, los repuestos y las actualizaciones quedan bajo la órbita de Estados Unidos.
En este esquema de competencia geopolítica, el pulso por la hegemonía global entre Estados Unidos y China irradia a cada rincón del planeta y se manifiesta en ámbitos cruciales como el comercio, la tecnología, las finanzas, y la influencia militar. Es en dicho contexto que se ubica la difícil inserción argentina en el sistema internacional. La fuerte competencia multinivel y en diferentes ámbitos entre estas dos grandes potencias incluye la carrera tecnológica (a través del dominio de la Inteligencia Artificial, las redes 5G y otras tecnologías esenciales como los semiconductores), la guerra comercial (no solo arancelaria, sino también la férrea competencia por granjearse nuevos socios y aliados), la puja por el control de infraestructuras críticas y de minerales críticos, así como una fuerte competencia en otros campos, como el ciberespacio, el espacio exterior y la arena militar.
El hecho de poseer, tanto la región en general como el país en particular, cuantiosos recursos para ofrecer, los ha colocado en la lupa de la voracidad de los grandes poderes. Por ello Washington puede anotar, a su favor, la transacción realizada entre Argentina y Dinamarca o la decisión del primero de declinar la invitación para formar parte del grupo de los BRICS. Pero a la lista han de sumarse otras victorias, como la paralización de algunas obras chinas en el país. A cambio, las zanahorias ofrecidas por Washington implicaron la concesión de un swap por 20 mil millones de dólares y el anuncio de un potencial acuerdo comercial.
La Argentina de Javier Milei ha elegido qué lugar ocuparía en el sistema internacional y qué tipo de política exterior implementaría. Ha dejado en claro el distanciamiento ideológico respecto de dos de sus grandes socios: Brasil y China, los cuales, sin embargo, continúan siendo los principales socios comerciales. Ello constituye un acto de pragmatismo geoeconómico, que se complementa con un alineamiento ideológico acrítico y rígido respecto de Estados Unidos. Esta difícil inserción, complaciendo a unos sin alejar a otros, se explica a raíz de una vulnerabilidad propia de la Argentina: la doble dependencia respecto de Estados Unidos y de China, y la imperiosa necesidad de incrementar los flujos de exportación.
La fuerte ideologización, o hiper-occidentalización, de la política exterior encuentra como fundamento la batalla cultural que percibe la administración de Javier Milei, lo que ha llevado a un alineamiento con Occidente, fundamentalmente con Estados Unidos, Israel y líderes de la derecha global, consolidando un frente contra el socialismo, el progresismo y el wokismo.
Es indudable que Washington espera que el impulso de las relaciones con Argentina sirvan de contrapeso a la influencia china en el país. Numerosos medios de comunicación se han hecho eco de la publicación del Wall Street Journal, en donde se informó que el propósito de Estados Unidos es crear una brecha progresiva entre la Argentina y China. En este sentido, el ministro de Economía, Luis Caputo, y el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, mantuvieron conversaciones, no sólo para ampliar el acceso de Estados Unidos al uranio argentino, sino también para limitar el acceso de Beijing a los recursos del país, incluyendo tierras raras y otros minerales críticos como el cobre y el litio.
Pero la batalla no se libra únicamente en los campos económico y financiero, sino también político. En este alineamiento, el país se subordina a los intereses de la potencia norteamericana. Ello se manifiesta, en cierta forma, desde el inicio del gobierno libertario, pero con un carácter exacerbado desde el comienzo del mandato de Donald Trump, dada la coincidencia eminentemente ideológica. El caso ucraniano es paradigmático a este respecto, ya que, en el alineamiento a la postura norteamericana, Milei se ha despegado de su apoyo a Zelenski y, en el tercer aniversario de la guerra en Ucrania, el gobierno se abstuvo en la votación de una resolución de la Asamblea General para que Rusia retire las tropas del territorio ucraniano, en un guiño hacia el gobierno norteamericano, que directamente votó en contra. Esto último, enmarcado en el alineamiento automático con Washington, se explica a raíz de las diferencias públicas entre Trump y Zelenski en febrero de 2025.
Además, dicha sintonía también se ha materializado, en el seno de la ONU, en las votaciones sobre el conflicto en Gaza. Así, la administración de Milei ha votado en contra de la llamada “solución de los dos Estados”, alineándose con Estados Unidos e Israel, y echando por tierra la tradicional postura diplomática argentina favorable a la coexistencia del Estado israelí y palestino. También ha votado, junto a Estados Unidos e Israel, en contra de la resolución que exigía el fin del embargo a Cuba. Para completar la lista, cabe mencionar que la República Argentina, durante la actual presidencia de Milei, también votó en contra de una resolución para prevenir y erradicar la tortura, en consonancia con los votos de Estados Unidos e Israel.
Así, hay una clara convergencia basada en el acercamiento argentino a las decisiones y votaciones norteamericanas en la ONU, y un claro alejamiento respecto de posturas históricas que el país ha mantenido, así como de los demás países de la región. Esta ha sido y continúa siendo la difícil inserción argentina en el complicado sistema internacional actual, debatiéndose entre la sintonía ideológica con los líderes de la derecha global y la doble dependencia respecto de Estados Unidos y China, que ciertamente reduce los márgenes de maniobra del país.
Por Juan León Giujusa, licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad de Palermo.




















